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DIARIO GRÁFICO

April 20, 2018

 

Pompeya: El origen de todos los dibujos

Recientemente un artículo publicado en Hyperallergic se preguntaba acerca del origen de la novela gráfica en el mundo antiguo. Recorriendo ejemplos en distintas culturas y geografías, cita  desde la Columna de Trajano al friso del Partenón. 

Se reconocen, en ambos, dos tipos de motivación:: política -ya que eran encargos de un gobierno y sus líderes- y religiosa -por tratarse de relatos mitológicos-. 

¿Qué separa al Estandarte de Ur de los muros de las tumbas egipcias o del Cristal de Lotario?

Grafismos y dibujos fueron medios de comunicación para los habitantes de la antigüedad  cuando la diversidad de los idiomas y la carencia de alfabetización transformaba a la imagen en narración.

Los pompeyanos por su parte, no inmortalizaron relatos de victorias ni derrotas, tampoco cuestiones de creencia, sino la vida cotidiana. En el año 79 dC entraba en erupción el Vesubio, sepultando Pompeya entre otras ciudades.. Sus habitantes fueron sorprendidos por las altas temperaturas, que les produjeron una muerte instantánea dejando huella a través de un gesto que llega a nuestros días bajo la expresión cadaveric spam.

El hallazgo de Pompeya permitió conocer -a través de sus cuatrocientos frescos conservados por la acción protectora de las cenizas- los estilos pictóricos que marcaron una época. Las escenas de la vida cotidiana, así como el erotismo allí representados, nos permiten arribar al imaginario colectivo del primer siglo de nuestra era.

Es aquí quizás que encontramos una de las primeras expresiones de relato gráfico donde el protagonista es el hombre de todos los días. No es héroe ni líder: es hombre. En sus deseos y pensamientos más simples y cotidianos.

Al igual que los habitantes de Pompeya, Guillermo Roux ha decidido crear un relato gráfico de su vida cotidiana. Pero un relato que, a diferencia del de ellos, no adornarán las paredes de su casa, sino que serán el medio para acercarse a un público que quizás por su juventud no lo conoce al tiempo que lo reencontrará con aquellos que extrañaban sus trazos. 

Los doce cuadernos que conforman este Diario Gráfico constituyen una narración visual. Son una invitación a redescubrir a un artista que ha recorrido nuestro país, ha rescatado símbolos de nuestra cultura y ha sido reconocido en escenarios internacionales -museos y bienales-. Roux se sabe longevo y su curiosidad está intacta, hasta diría tan hambrienta como en su juventud. Por ello, se desafía a sí mismo al utilizar herramientas como el iPad o el celular, con el único objetivo de comprender el modo en que miran las nuevas generaciones.

 

Quiero divertirme, sino, ¡no me interesa!

Divertirse fue el requisito que Guillermo Roux planteó en la primera reunión que tuvimos hace algo más de un año cuando decidió que quería exhibir los dibujos de sus cuadernos.

Divertirse -a modo de condición no negociable- fue el término que me hizo entender la magnitud del desafío. 

¿Por qué un artista consagrado, miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes querría a los ochenta y ocho años embarcarse en una exhibición?

Por eso mismo, por diversión, todo debía ser pura diversión. Pero la premisa-condición que demandó a este proyecto cobra mayor sentido si sabemos lo que ha sucedido los años previos a esta decisión.

En 2015 Guillermo Roux sintió la muerte de cerca. Al vencerla, se enfrentó a un comienzo de vida muy diferente del que tenía previsto. Nunca antes había dependido tanto de los otros. En lo cotidiano ya no podía moverse solo. Mucho menos conducir el auto por las noches para reencontrarse con su querido barrio de Flores -permanente generador de emociones y sensaciones que luego se transformaban en inspiración para sus obras-.

Lo sucedido antes de su internación no lo tiene muy claro. En su recuerdo, las imágenes se suceden como entrecortadas. Primero la ambulancia llegando a su casa y los enfermeros luchando para bajarlo de su habitación a través de una escalera caracol que se resistía a verlo irse. A continuación, el trayecto recorrido hasta el hospital aturdido por el sonido de la sirena y contemplando el paisaje de Martínez con sus árboles cada vez más lejanos y pequeños en el horizonte. Luego del ingreso al Hospital, sucede lo que ha quedado nítidamente grabado en su retina: con el mismo gesto que en “La piedad” de Miguel Ángel, Roux se ve en brazos de su hija Alejandra, quien lo incorporó desde la camilla y en sus propias palabras “le dio un soplo de vida”.

Siguieron estudios, avances y retrocesos típicos de estas situaciones médicas donde las certezas no abundan y se improvisan soluciones a medida que se concretan pequeños éxitos en la salud del paciente. Es difícil poder establecer el tiempo transcurrido. En una habitación de Terapia Intensiva no se sabe cuándo es de día y cuándo es de noche. Solo hay momentos, situaciones y rutinas que podrían acercar algún tipo de registro temporal. En alguno de ellos, Roux recuerda haber oído a un médico decir “los riñones funcionan”: eso fue un atisbo de esperanza;  confirmaba que su cuerpo no lo estaba abandonando. Por lo tanto, su mente debía dar pelea.

Siguieron días y semanas de sostenida batalla, hasta que un recuerdo -claro y nítido- puede dar cuenta del momento exacto en el cual Roux paciente conectó con el artista. Ese momento tiene un nombre y un apellido que no conocemos, pero sí una característica que da inicio a lo que hoy es este Diario Gráfico: la imagen de la trenza de una enfermera.

 

Un peinado y una razón por la cual no darse por vencido

En la Unidad de Terapia Intensiva Roux veía entre sueños el ir y venir de médicos y enfermeras. Un día algo despertó su curiosidad: se trataba del peinado que llevaba  una de las enfermeras de cabello brillante -trenzado al mejor estilo criollo- contrastando con el blanco del uniforme al caer sobre su hombro.

Una fuerza dentro suyo le hizo pedir algo para escribir y un pedazo de papel. Con gran esfuerzo e insistencia logró que un médico le prestara su recetario y una birome, dando lugar al primer dibujo que lo trajo de vuelta con todos nosotros.

Intuí que esa trenza había despertado mucho más que un dibujo en un recetario. Siguiendo mi presentimiento y conociendo que los pacientes que se encuentran en largos procesos de recuperación pierden la noción del tiempo en forma lineal, pensé que podrían haberse mezclado sus recuerdos más recientes con los de décadas pasadas. Por eso me propuse indagar sobre lo ocurrido en 1960 durante su estadía en Jujuy. En compañía de Franca Beer, su esposa desde hace medio siglo, pude ver las obras -nunca antes exhibidas- que fueron producidas -a contraturno de las clases de dibujo que dictaba- sobre las improvisadas telas de bolsas de papas embastadas. He aquí el link entre trenza y dibujo: para Roux divertirse es estar con la gente. 

Como los humildes trabajadores que agradecidos por su arte le proveían de materiales para que continuara creando. Como los médicos y las enfermeras que cuidaron de él durante esos meses de internación.

Me gusta pensar que en Villa Cuyaya vió por vez primera una trenza criolla brillante, tensa y contrastante sobre el colorido traje de quien la llevaba y es por eso que muchos años después despertó en él el deseo de dibujarla.

 

El encierro como liberación de la imaginación

Xavier de Maistre escribió El Viaje alrededor de mi habitación cuando fue confinado a 42 días de encierro luego de un confuso episodio durante un duelo. Con destreza realizó la descripción más exquisita sobre cada uno de los objetos que lo rodeaban en esa pequeña habitación, al punto de hacernos sentir que viajamos al paisaje de un cuadro o al sitio de producción de la madera de una de las sillas de la sala.

El encierro de Roux fue involuntario y su liberación llegó a través del dibujo. De cierto modo y coincidiendo con la idea de William Kentridge, encontró en ellos  un consuelo al encierro y las limitaciones que su condición le impusieron.

Consuelo devenido en liberación de la imaginación que siempre fue su sello. Al principio sus dibujos eran pequeños detalles de los objetos que lo rodeaban, fragmentos de lo que podía observar desde su cama. Le siguieron obras de compleja composición donde la narración de los hechos no siempre es clara ni lineal.

De cierto modo, volver al dibujo fue regresar al punto donde se recuerda feliz: de niño espiando a su padre en su escritorio, rodeado de libros donde imágenes de soldados con uniformes de tierras lejanas encontraban lugar en alguno de los cuadros de la historieta. Esos recortes se asemejan mucho a los que hoy reconocemos como fragmentos aislados en las páginas de cada cuaderno.

Sin embargo, y luego de varias conversaciones, concluímos que no es casual su vuelta a los orígenes. Siempre vio la vida a través del dibujo y su momento de máximo éxito internacional surgió con los fragmentos de los personajes o elementos que componían su obra. 

Imaginación al poder gritaban las paredes del Mayo Francés. Imaginación que hizo libre a la generación del 68 y que hoy nutre los universos y composiciones de los dibujos de Roux.

 

Para dibujar se necesita paz

De regreso en su casa de Martínez la vida se mudó al estudio de la planta baja. Allí se adecuó la habitación a las necesidades del artista/paciente para su recuperación. Cuadernos y biromes fueron ubicados en la mesa de luz para que al caer la noche mientras todos iban a dormir Roux pudiese dibujar. 

Nunca fue sencillo conciliar el sueño, pero hay algo más que lleva a encontrar en las horas de la madrugada el momento ideal para dibujar: el silencio en soledad.

Hubo paz en la unidad de terapia intensiva cuando sintió que la batalla no estaba perdida y comenzó a dibujar. Encuentra paz hoy en las madrugadas, cuando toda la gente en la casa duerme y la tenue luz refleja en el espejo su cuerpo desnudo al pie de la cama.

Hay paz de espíritu cuando uno se sabe pleno. ¿Pero que es la paz en la vida de un artista?

Lo que para otros es un apacible momento, para el artista es el punto cúlmine del vértigo creativo. Como la imagen del motor en funcionamiento a tantas revoluciones que nuestro ojo no puede captarlo y por tanto lo ve detenido, sin movimiento.

Ensimismado, metódico, disciplinado y en silencio, Roux dibuja. Lejos de aquel joven a quien solo dejaban dibujar un cielo o algún personaje, hoy es dueño del cuadro completo dándole así sentido a su historia.

Pese a haber mejorado en el último año su movilidad dentro y fuera de la casa, muchos de los dibujos siguen siendo fragmentos, no de lo que ve, sino de todo lo que se superpone en el día a día de su vida. Un sinfín de imágenes, personajes, situaciones políticas mundiales, modas, naturaleza, animales y gestos. Cada uno de ellos es un fragmento de realidad que a modo de ecosistema necesita de cada uno de los elementos próximos para tener sentido.

La televisión, los documentales y hasta Netflix son herramientas en la investigación que le ocupa. Estos diarios gráficos que ha llevado en los últimos años dan cuenta de su vida pero no  aislada de su contexto, sino de su vida en esta sociedad y en un mundo que le impone estrictas reglas a cada artista que aspira a formar parte de él.

Mirar desde un punto inmóvil, y construir el fragmento perfecto es la premisa a través de la cual,

desde su cama, reconstruye el mundo que lo rodea. Por partes, tal como lo ve desde su posición van apareciendo el respaldo de un asiento, las ruedas de la silla de ruedas, el mango del bastón, el plato con la manzana y los gatos de la casa en su recorrido por los muebles de la habitación. 

Con la misma destreza de su juventud cuando tenía que hacer cientos de ilustraciones diarias en una ciudad de New York que demandaba sus trabajos bajo diferentes seudónimos, poco a poco fue recuperando sus lugares y comenzó la serie de autorretratos a media luz frente al espejo.

 

Hay un mundo ahí afuera y no me lo quiero perder.

Entre las ventajas de ir a rehabilitación estuvo el hecho de poder dejar la casa y ver la vida que había seguido su ritmo pese a que su mirada no podía nutrirse de ella.

Incertidumbre mediante, hubo prejuicios que vencer. Lo que para otros pudiera haber resultado en un hecho sin importancia, aquí despertó un sin número de creaciones. Personas convalecientes, enfermas, víctimas de accidentes tenían algo en común con él: su condición humana, su fragilidad y su dependencia de otros para poder seguir viviendo.

Dicen que reconocer nuestras debilidades nos hace más fuertes. Y para Roux la pileta del centro de rehabilitación fue la mejor de todas las medicinas.

Roux se reconoce por vez primera en el límite, palabra que nunca antes había estado en su vocabulario porque a él todo le era posible, pintar, viajar, disfrutar de la vida, leer, conversar, pasear, dibujar y no detenerse jamás -excepto cuando el paisaje lo imponía-.

La mirada propuesta por su kinesióloga fue fundamental. Ella siempre le decía: “Si no podemos conseguir lo ideal, vamos a hacer lo posible y si no podemos hacer lo posible, lo pensaremos”.

Logró pensar, hacer lo posible y hoy se acerca al ideal. A paso lento pero sostenido recorre con la ayuda de un andador los espacios de la casa que Clorindo Testa pensó como lugar de reunión, trabajo y vida social. De a poco todo vuelve a su lugar, no sin antes reconocer que muchas cosas han cambiado, en lo estético y social. 

 

Las calles y las paredes hablan

El mundo tiene otras prioridades. Los artistas toman las paredes de los edificios y esto es algo que despierta su curiosidad. Hoy se mira diferente y se ve a través de otros medios. No se contempla una obra de arte en el Museo, sino que se ve a través de un celular. Y es allí donde Roux quiere estar: en las paredes de la ciudad y en los celulares y iPads de todos los que miran las imágenes del mundo vertiginoso que habitamos.

La moda es algo que lo inquieta. Se pregunta: ¿Cómo pueden caminar las mujeres con esas plataformas? Las faldas, los vestidos, las remeras, todo deja al descubierto tatuajes, algunos en su opinión muy bien diseñados y ejecutados. Aunque le es difícil comprender porque con lo bello del color de la piel hay quienes prefieren taparla con grafismos, dibujos y signos. Sin embargo, celebra permanentemente lo que no entiende. Pregunta en cada ocasión que le es posible: ¿por qué? Y hasta pide permiso para dibujar algunos de los tatuajes que ve en las personas en la calle.

Paredes y pieles hablan de un nuevo modo de comunicarnos. En su opinión, las paredes gritan lo que atraviesa a esta sociedad que corre aceleradamente (en busca de cumplir) tras sus aspiraciones consumistas sin darse tiempo al disfrute de la vida.

Mientras que en la protesta y la demanda de los oprimidos, los desplazados sociales, los inmigrantes, los refugiados Roux encuentra una legítima lucha; le preocupa que sus obras queden como expresiones de un tiempo imposible de comprender para los jóvenes y las generaciones futuras. Su reto es encontrar los códigos de este nuevo lenguaje y trabajar sin descanso en la creación de obras que reflejen lo que ve, lo que siente, lo que lo conmueve en este convulsionado mundo actual.

 

Iluminados por lo desconocido

Si son muchas más las estrellas que desconocemos que aquellas que forman parte de una constelación a la que hemos podido nombrar, es posible sostener que el firmamento se ilumina en gran parte de lo desconocido. 

Recurrí a este planteo el día que visitamos la Casa de la Cultura Popular en Barracas. No sabíamos nada sobre ella. Sin embargo, y justamente porque son muchas más las cosas buenas que las malas, la Casa estaba esperándonos con los brazos abiertos y una exhibición de los trabajos realizados en sus talleres. Allí donde jóvenes y niños se forman en disciplinas estéticas y artísticas, Roux llevará sus obras para ponerlas a consideración de quienes aspira recibir sagaces críticas y comentarios.

Esa tarde mientras regresábamos a Martinez, Roux me dijo: “Lo que queremos hacer está en el aire. Saldremos a las calles y pintaremos las paredes para que nos vean allí. Hay un grito que se pone en las paredes, porque no puede gritarse. El Museo tiene que abrirse a la gente. Hay que llevar las obras a donde están ellos.” 

Desde entonces, salimos a las calles, pintamos las paredes y nos entregamos al Museo Nacional de Bellas Artes quien se abre hoy a la gente con este Diario Gráfico, para que el grito de los dibujos del joven Roux llegue a donde ellos están, para que todos sean oídos y para que cada uno tenga su lugar.

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