LA MUERTE ES COMO LA LUNA ¿QUIÉN HA VISTO SU REVERSO?



Cuando tenía 8 años estaba segura que sería arqueóloga. Un vecino de mi barrio me decía: “¿Para qué vas a estudiar eso, si ya las pirámides están descubiertas? No vas a encontrar nada, lo que había que encontrar ya lo descubrieron.”

A veces pensaba que él tenía razón; otras, que debía ser egiptóloga porque seguro que había aún mucho por descubrir.


Recuerdo exactamente dónde estaba sentada en el momento en que me enteré que no había donde estudiar egiptología en Argentina: estaba en la entrada de casa, junto a mi hermana y unas amigas cuando mi vecino -continuando con su ejercicio de desánimo crónico me dijo- ¿Y dónde vas a ir a estudiar eso? ¿a Egipto?

A esa edad, Egipto me pareció tan lejano como ir a la luna, de modo que desistí de ser arqueóloga, pero no así de vivir haciendo arqueología.


La arqueología y la historia del arte tienen algo en común: ambas van tras los vestigios de los objetos intentando reconstruir la historia y el entorno en el cual acontecieron. De modo que es posible partir de esta coincidencia para abordar Mitze, la exhibición que tuvo lugar en El local y que nos dejó la urgencia de conocer el verdadero origen de los habitantes del Maldonado.


Según detalla en su web el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, hay una historia que explica el origen del nombre del Arroyo Maldonado.

“...Cuando en 1.536, don Pedro de Mendoza fundó Buenos Aires, los españoles tuvieron que rodear la ciudad con un cerco para protegerla de los ataques de los indios. Con la amenaza de terribles castigos, las autoridades prohibieron a los habitantes salir del cerco. Como la primera expedición no tenía la previsión de traer granos ni animales de crianza, cundió la hambruna. Una mujer española, llamada Maldonado, quiso escapar a la suerte de los que morían de hambre en el campamento y un día cruzó el cerco y escapó de la ciudad. Se refugió en una cueva junto a un arroyo. Y allí, cansada y hambrienta, se desmayó.

De la oscuridad surgió una feroz hembra de puma, que dejó caer junto a la mujer un pedazo de carne que le había sobrado. Cuando la Maldonado despertó, comió de esa carne. Al rato sintió un rugido desgarrador que la sobresaltó. Se asomó de la cueva y vio a la puma, que estaba echada a punto de dar a luz. Como el parto parecía difícil, la Maldonado ayudó a la dolorida madre. Los rugidos del animal se convirtieron en mansos rezongos, y terminó lamiendo cariñosamente a sus dos flamantes cachorros. La mujer permaneció quieta, mirando esa escena conmovedora. Poco después, los indios que merodeaban cerca del arroyo se sorprendieron al ver a la mujer, la puma y sus crías, paseando juntas y de inmediato sintieron un gran respeto por esa mujer que no le temía a las fieras.

Un día en que la Maldonado caminaba sola, fue capturada por varios soldados españoles que se aventuraron en busca de alimentos. En la ciudad la enjuiciaron por haber traspasado el cerco de protección, y la condena que le impusieron fue terrible: la ataron a un tronco al costado del arroyo para que se la comieran las fieras. Allí permaneció la Maldonado todo el día hasta la llegada de la noche. El rugido de un animal salvaje pareció anunciarle su terrible final. Luego vio la sombra de dos fieras trabándose en lucha, y poco después, una de ellas, la que había salido victoriosa, se le acercó con sus brillantes ojos de fuego. La mujer, que esperaba la muerte, sintió de pronto la caricia de una lengua áspera lamiéndole los pies.

Al cabo de tres días, los españoles volvieron al arroyo. Encontraron a la mujer custodiada por una puma, que los atacó en cuanto se acercaron. Tuvieron que hacer disparos al aire para ahuyentar al animal. La condena no se cumplió. Si las fieras no habían podido, ningún hombre lo intentaría. Desataron a la Maldonado y la perdonaron”

Salvando el tono colonialista del relato y la utilización de terminología en desuso para referirse a los verdaderos habitantes de este continente, resulta válido rescatar la idea general de lo sucedido: debemos el nombre de esta región a una valiente mujer.


Para ubicarnos geográficamente, comenzaremos por señalar que el Arroyo Maldonado fue uno de los límites naturales de la ciudad de Buenos Aires hasta que en 1887 los actuales barrios de Belgrano y Flores constituyeron su delimitación. Hacia 1814, la huella que hoy conocemos como la avenida Santa Fe, fue testigo del primer puente que cruzó el arroyo y cuyos restos en la actualidad están soterrados.


Las márgenes del arroyo fueron testigo de enfrentamientos revolucionarios. Su desborde era habitual, y solían escucharse las pitadas de los policías llamando a los bomberos que con sus botes socorrían a los más necesitados.

En 1888 se inauguró la Fábrica Nacional de Calzado y se delimitaron las primeras parcelas donde se establecieron sus obreros.

Es comprensible entonces que el Maldonado fuese identificado como un territorio de artesanos, obreros, proscritos políticos, inmigrantes, aventureros, fugitivos el conocido como malevaje de chambergo y cuchillo.


Esta zona quedó registrada en un tango a partir del mítico espacio Hansen: "Te acordás hermano / la rubia Mireya / que quité en lo de Hansen / al guapo Rivera.." Y también por los paseos que Jorge Luis Borges compartió junto a Horacio Coppola, inmortalizados luego en sus obras.


Pero entre la historia de la Maldonado y el tango, muchas otras acontecieron. Y es por ello pertinente detenernos ante las piezas de Mitze que Juan Miceli ha reunido en El Local y que tras un profundo análisis nos permitirán reconstruir los hechos que tuvieron lugar a ambos lados del arroyo.


Tal como Damien Hirst comprobó en Treasures from the Wreck of the Unbelievable, las piezas hablan por sí mismas: cargan por dentro y por fuera con los rastros de quienes las vieron, las manipularon, las utilizaron o simplemente las anhelaron.


Quienes han pasado por la vereda de Av Juan B. Justo 4328 y observaron hacia su interior, podrán atestiguar que las piezas compuestas por diversos materiales son prueba -en primera instancia- de la flora y la fauna del Maldonado. Y en otras dimensiones -a partir de la utilización de otros tipos de soportes- elementos llamadores, cuyo uso aún no podemos precisar.


Curiosos y entendidos han demostrado su interés por las piezas exhibidas: algunos preguntan su precio, como si se tratase de objetos plausibles de una transacción comercial. Otros, los admiran y se sienten en un local de regalos, incluso, han llegado a comentar que sería un obsequio ideal para un cumpleaños. Por su parte, dos señoras discutieron acaloradamente acerca del verdadero significado de las joyas que allí se exhiben, sin poder precisar su valor.


Piedras, maderas, cadenas, strass, huesos: texturas porosas, elásticas y resistentes, conforman el soporte de estas piezas. Algunas incluso tienen en su exterior restos de otros materiales adheridos. Todos ellos podrían ser sin dudarlo resultado de una recolección arqueológica.


Tanto Juan Miceli como Alejo Arscuchin concluyen en que Mitze deja una pregunta: ¿ha sido una tribu -la que aquí señalamos como los primeros colonos- o se trata de un método de producción?


Si las investigaciones concluyen en que se ha tratado de una tribu -la primera reconocida como tal en el Maldonado- deberíamos referirnos a los Mitze como los primitivos, entendiendo lo contradictorio que esto puede resultar ante la evidencia de las piezas sofisticadas que dan cuenta de la complejidad en su manufactura.

Cuanto más indagamos estas huellas, más se nos presentan originadas por una civilización -irradiada desde un punto común que aún la ciencia no puede precisar- depositaria de un conjunto de verdades y saberes eruditos.


Es curioso el modo en que las cosas suceden: mientras que el dorso de la luna sigue siendo un misterio, la superficie de Marte ha sido develada. Quizás algo similar suceda con Mitze, mientras creemos ver objetos, joyas e instalaciones de otro tiempo y otra cultura, quizás estemos frente a la verdadera manifestación del arte.


Cecilia Medina