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PERPETUAR LA SOMBRA

March 17, 2016

“…De pronto sentí el río en mí,

Corría en mí

con sus orillas trémulas de señas,

con sus hondos reflejos apenas estrellados.

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer,

y suspiraban en mí los árboles,

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí…”

Juan L. Ortiz

 

Durante gran parte de mi infancia vi crecer un sauce llorón en el frente de mi casa. Todo el barrio tenía árboles en el frente, pero solo el mío era sauce: único y exótico. Era diferente y eso lo constituía en tema de conversación en el colegio, cuando descubrí que Bécquer le había dedicado una de sus rimas “ y hasta el sauce, inclinándose a su peso, al río que le besa, vuelve un beso”. El mío no tenía río, pero imaginábamos que la vereda lo era.

 

Será por eso que en la obra de Emiliano Bonfanti, lo primero que identifiqué fue la rama de un sauce. Y así comenzamos a conversar sobre su obra, sobre su inspiración. Coincidentemente vive en una casa en cuyo frente hay un sauce. Es la casa de sus abuelos; está en Humboldt, Santa Fe y es el lugar donde elige crear su obra.

 

Sabía de su paso por Buenos Aires, de su formación en manos del artista Eduardo Stupía y me intrigaba saber dónde había encontrado árboles y agua durante su estadía. Simple: en la Reserva Ecológica y en el Tigre, lugares a donde se escapaba cada vez que las obligaciones se lo permitían.

 

La luz de Buenos Aires no es igual a la de Santa Fe y de seguro sus sombras proyectan volúmenes muy diferentes. Es por eso que en la Serie Siesta de verano (2015), los claroscuros se concentran en lo espeso de la vegetación dando lugar a un escenario que nos genera curiosidad y una necesidad por develar el misterio de lo que allí sucede.

 

En la Serie Sobre la linde (2014) los límites son contrastantes y el misterio aún mayor. De hecho, en una de las obras, la vasta vegetación de grandes alturas solo insinúa una porción de agua, ¿será un lago, será un brazo del río?

 

Al igual que el poeta entrerriano Juan L. Ortiz (1896-1978), la obra de Bonfanti no necesita de la metrópolis para su concepción: es vasta y profunda, indaga el paisaje y se detiene en lo cotidiano para puntualizar lo que sucede mientras la vida transcurre tranquilamente en la naturaleza.

 

Ese misterio, presente en ambas series, hoy vuelve a través del sauce con una sutil imagen recortada sobre la blanca tela que la contiene. Magia y misterio, propiedades atribuidas por los griegos al sauce y hoy presentes en la obra de Bonfanti, quien con destreza y precisión intercepta los rayos de luz en su intento por perpetuar la sombra.

 

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