EL EDITOR PERFECTO

February 18, 2020

En el invierno de 1984 ó 1985, un inquieto niño le pidió permiso a la secretaria del colegio para utilizar el teléfono. Tenía que hacer una llamada urgente y faltaban pocos minutos para que se venciese el plazo que le habían impuesto para tal misión. 

La secretaria, pensando que sería una travesura más de las que registra su historial docente, le dijo que sólo podría realizarla si primero le informaba el motivo con lujo de detalles.

El alumno miró a los lados para asegurarse que nadie lo oyese, cubrió con una de sus manos parte de su rostro y acercándose al oído de la docente -no sin gran esfuerzo de ambos para coincidir en altura- respondió: “Tengo que hablar con Borges para que me confirme a qué hora me recibirá en su casa.”

Muy astuta, la secretaria señaló: “Te dejaré hacer esa llamada, pero tendrás que llevarme con vos a la reunión.”

Y así fue, de hecho hay una fotografía que lo prueba: el niño, su mejor amigo y la secretaria del colegio visitaron a Borges en su casa.

 

Creo que no hay mejor forma de desacralizar a un intelectual que el pensarlo junto a niños durante una entrevista para su diario escolar. Personalmente, hasta que vi la foto, no creí nada de esta historia. Estaba casi tan descreída como imagino lo habrá estado la secretaria del colegio al escuchar en secreto la solicitud de autorización para utilizar el teléfono de la Dirección.

 

¿Cuánto es lo que realmente sabemos de un escritor como Jorge Luis Borges? ¿Cuánto hay de cierto y cuánto hay de invención, en la vida de quien cambió la literatura universal para siempre?

 

Meses atrás, Caras y Caretas publicó una edición especial sobre Borges, donde señalaban entre varias anécdotas el entusiasmo con el cual en 1919 en Sevilla tomó contacto con el movimiento ultraísta -que por entonces constituía la vanguardia poética española y para cuyas revistas (Cervantes, Tableros, Cosmópolis, Grecia, Ultra) tradujo a los poetas expresionistas alemanes. 

Dos años después, ya de regreso en Buenos Aires, Borges publicó junto con su hermana Norah, Guillermo Juan, Eduardo González lanuza y Guillermo de Torre, la revista mural Prisma en la que aparecía la proclama ultraísta.

En Caras y Caretas, distintos autores describen las diversas facetas de Borges. Horacio González reconoce que el discurso construido por el autor del Aleph es único e irrepetible. María Laura Malusardi por su parte, menciona que la obra está marcada por una noción medular del ritmo y que sus versos eluden las certezas de las estéticas constituidas. El escritor Martín Kohan lo declara “genio de la ironía”. Vicente Muleiro, hace referencia a Borges y a su vida sentimental, destacando que lo de él fue más que nada el idilio o quizás haya sido simplemente el deseo. En cuanto a la amistad mantenida con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, Juan Rodolfo Wilcock bautizó a la cofradía como “la trinidad divina”.

Pareciera ser que existen tantos Borges como lectores y escritores habitan este mundo.

 

Mi primer recuerdo de lectura de Borges se remite a quinto grado de la escuela primaria. Mi maestra se llamaba Elvira y nos hizo leer “El cautivo”. Fue una experiencia inolvidable: yo no pude pasar de la primera línea. Nunca antes había leído un cuento que comenzase así. Me consternó y aún hoy lo repito: “En Junín o en Tapalqué refieren la historia.” El relato en sí no era para mi relevante, pero esa primera oración nunca dejaría de perseguirme. ¿Quién comienza a contar una historia en ese tono, con esa falta de certeza?

 

Por mucho tiempo me acompañó esa rara sensación al abordar un texto de Borges y no quise darle posibilidad alguna de conquistarme. Lo resistí, caprichosamente, como se hace todo en la adolescencia, de un modo casi fundamentalista.

 

Lo curioso es que nací y me crié en Adrogué, donde Borges pasaba sus vacaciones y hoy -la que supo ser su casa- es un museo que conserva los recuerdos de largos veranos a la sombra de los árboles del sur del conurbano bonaerense. Tampoco eso sirvió, no hubo forma de que mi reacción ante su obra se modificase. Solo aconteció el milagro cuando los caminos del arte se cruzaron con los de la literatura.

Fue un artista el que un día me contó “El jardín de senderos que se bifurcan” y  fue “...esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran…” la que me conquistó irremediablemente.

Como estoy lejos estoy de contar con formación literaria, tuve la enorme suerte de encontrarme con la publicación del MALBA sobre el ciclo de clases magistrales que Luis Chitarroni brindó en 2016 titulado “Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges)”

Estas clases señalan la impronta que Borges ha transmitido a los escritores latinoamericanos desde mitad del siglo XX y el enriquecimiento con que contribuyó al brillo del lenguaje castellano. Autores como Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Elena Garro, Salvador Elizondo, Octavio Paz, Severo Sarduy, Antonio Di Benedetto, Silvina Ocampo, Gabriel García Marquez, César Aira y Néstor Sánchez, son algunos de los mencionados en el transcurso de estos encuentros que tuvieron lugar en el marco del 15° Aniversario del museo.

 

Son muy acertados los comentarios que contextualizan históricamente a cada una de las producciones literarias. Entre ellos, el reconocimiento a hechos como la muerte del Che y  Tlatelolco, o el golpe militar en Argentina de 1976, que implicó un régimen de lectura regido por la ignorancia culminando con una década como la del 80 en la que ya no se leía ni admiraba lo que tan solo diez años antes había sido el boom de la novela latinoamericana.

 

Borges se definía ante todo como un lector. Atesoraba libros y encontraba en la lectura una forma de felicidad superior a la de la creación poética. Sus agudas críticas y sus precisos señalamientos, dan cuenta de ello.

 

En las versiones homéricas Borges va a notar cosas que sólo él puede notar. Según Chitarroni, va a señalar que Homero es un escritor muy distraído, disperso y desordenado, y que de ninguna manera cumple con los requisitos que le va a pedir el siglo XIX a un narrador.

Borges atribuía una mejor organización de los efectos mágicos a los escritores escépticos, tales como Henry James, May Sinclair, Jacobs, Kipling y hasta Poe. Y afirmaba que “...para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial...” 

Esto último me hace pensar que Borges estaría muy conforme con la valiosa publicación que Fundación MALBA ha concretado acerca del ciclo de clases magistrales a cargo de Chitarroni. Porque más allá de nombrar e individualizar a escritores, movimientos y países, la edición pone en valor la escritura y su relación con el lector. Un lector, que al igual que Borges, encuentra su mayor felicidad y deleite en la palabra escrita.

 

 

 

1- Juan Miceli, artista contemporáneo
2 - Caras y Caretas, Los laberintos de Borges, Año 58, N| 2356, Agosto 2019
3 - Prisma, N°1, 1de Noviembre de 1921 https://www.ahira.com.ar/ejemplares/prisma-1/
4 - El jardín de senderos que se bifurcan, 1941,
5 - Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges), Luis Chitarroni,
6 -Colección Cuadernos, Malba Literatura, Fundación Malba, Buenos Aires, 2019

 

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