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LO MARAVILLOSO NO ES IGUAL EN TODAS LAS ÉPOCAS

  • marinaceciliamedin
  • hace 4 minutos
  • 2 Min. de lectura
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Todo empieza cuando se despierta la curiosidad por conocer. El impulso por buscar se transforma en una actitud de exploración permanente. La imaginación deviene en un instrumento de supervivencia indispensable para aventurarse a descubrir el propio camino. Las palabras que otros escriben ayudan a pensar y las imágenes que otros crean abren mundos desconocidos que transforman la percepción del lugar que habitamos.


La costumbre de exponer ante el público las pasiones privadas se remonta al siglo XV. Con anterioridad y, tomando como referencia el poderío de la Iglesia Católica en el Medioevo, lo que acumulaban -tanto la iglesia como la nobleza- quedaba reservado a la mirada privada. Tiempo más tarde, Jefes de Estado y miembros de la burguesía, pudieron asignar a la curiosidad un lugar en sus casas. A veces pequeños cuartos, otras veces grandes salones, estos espacios fueron conocidos como studiolos o gabinetes de curiosidades y dieron lugar sin duda a lo que hoy conocemos como museos.


Hay tres mujeres que al construir sus colecciones cambiaron el mundo. Isabella d'Este (1474-1579) fue retratada por Tiziano y Leonardo da Vinci. Financió proyectos, entre otros, a Miguel Angel y fue sin duda la mecenas del Renacimiento. Isabella Stewart Gardner (1840-1924) construyó un palacio veneciano en Boston, fue amiga del escritor Henry James -quién le señalaba las obras de arte que descubría al asistir a las fiestas en las grandes casas europeas- y luego adquiría a través su representante -Bernard Berenson- dando lugar al arribo al continente de las primeras obras maestras de la historia. Peggy Guggenheim (1878-1979) se nutrió de las vanguardias en París y decidió llevarlas consigo a Nueva York, creando una galería que haría historia al sumar a artistas como Jackson Pollock a quién nunca hubiésemos conocido si ella no le hubiese encargado una obra para su casa. 


La valentía demostrada por cada una de estas mujeres al seguir su instinto y defender sus convicciones nos lega la responsabilidad de luchar contra la mediocridad y la hostilidad que el mundo actual le impone a la cultura. Defender la producción artística contemporánea, la formación de los jóvenes en el campo de las artes visuales, el acceso descentralizado para todos al arte y propiciar espacios de reflexión, cruzó hace unos años nuestros caminos cuando Lorena decidió construir un museo en su ciudad -Moreno- y me propuso ser parte de él.


Hoy en esta sala, la primera de muchas más que tendrá nuestro museo, podrán ver la forma en que entienden el mundo algunos de los artistas que respeto y admiro. A cada uno de Ustedes les queda la responsabilidad de desafíar la limitación temporal que lo maravilloso tiene según el Manifiesto Surrealista y decidir si lo maravilloso que ví en cada una de estas obras ha perdurado. Sabré entonces si compartirán el mismo destino que las recolectadas por mis musas Isabella d´Este, Isabella Stewart Gardner y Peggy Guggenheim o si esta colección de objetos es solo un reflejo del mapa de mi alma.


Cecilia Medina



Manifiestos del surrealismo. Primer manifiesto. André Bretón. Traducción, prólogo y notas de Aldo Pellegrini. Editorial Argonauta. Segunda edición: Julio 2001. Buenos Aires, Argentina.

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